Porqué no llevé a mis hijos al colegio, Arno Stern.

Cuantos padres me han dicho: “Antes de ir al colegio, mis hijos dibujaron mucho. – Y luego?- Pues no! Ya no tenían ganas- ni tiempo tampoco!”

Dicen esto, con más resignación que pena, considerándolo normal: El umbral del colegio marca la frontera entre la infancia y la condición de alumno.

Yo que hago pintar a los niños- no para desarrollar dones artísticos, sino para que se liberen de toda influencia y descubran sus inconmensurables capacidades-, estoy particularmente impactado de aprender que un juego, vital para el niño, es sacrificado, y que los padres puedan no lamentarlo, no sentirse conmovidos.

No se lo reprocho. No se lo reprocho sobre todo a los que han tenido la sabiduría de confiarme sus hijosafín de que, en el juego de pintar, reavivan, paso a paso, todas esas aptitudes asfixiadas, y se regeneren.

Sabiendo todo esto, sabiendo que el niño no necesita que los adultos le enseñen el dibujo y que, si lo hacen, esto destruye su juego, no iba a exponer a mis hijos a tal trato.

Lo que traza el niño, en el lugar protector (clos lieu) creado para el juego de pintar, no es como los dibujos ocasionales hechos para recoltar sonrisas y alabanzas. Es una manifestación que revela la dimensión de la personalidad, la potencia de su espíritu vital.

No, no podía ser cuestión de sacrificarlo a aprendizajes empobrecedores.

Mis hijos han pintado mucho. El juego con el trazo era una costumbre. Han pintado en el Closlieu, entre otros- escolares en búsqueda de espontaneidad, personas grandes en vía de trascender sus prejuicios esterilizantes-, compartiendo con ellos momentos ricos de placeres.

También han trazado en todas circunstancias, con lápices, bolígrafos y otros utensilios. Han bailado, vivido en el mundo de los sonidos. Han tenido encuentros. Cada día estaba lleno de descubrimientos. Han crecido. Han desarrollado habilidades, porque sus padres nunca han dudado de sus capacidades y han preservado su originalidad.

Nunca no hemos preguntado si nuestra manera de vivir con nuestros hijos era la correcta, o si estábamos equivocados en no hacer cómo los de nuestro entorno. Pasaban tantas cosas enriquecedoras para cada uno! El tiempo faltaba para reflexionar sobre ellas. Sabíamos qu ela vida es un milagro que no hay que interrogar.

No hemos ni dudado ni encontrado que era difícil vivir así como habíamos elegido hacerlo.

Es más fácil no estorbar su vida de la carga de los niños y de descargarse de ellos con el colegio. El resultado es terrorificante: ruido, violencia, inestabilidad, repugnancia, incultura… una vida sin estructuras. Y sus padres bajan los brazos, con la única justificación que han hecho como todo el mundo.

… Como casi todo el mundo. André y Eleonore, nuestros hijos, no son ni violentos ni desesperados. No tienen que ajustar cuentas con nadie. No tienen que, para afirmar su personalidad, eliminar ningún concursante. Los verdaderos creadores no se miden frente a los demás.

Para nuestros hijos, cuando eran pequeños, así como más de treinta años después, cada momento de la vida es creativo. El mundo es vasto y lleno de promesas.

Arno Stern, febrero 2008.

Del librio:

“… Et je ne suis jamais allé à l’école” André Stern.

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